Sobre el concepto de Dios
Siempre he querido escribir sobre Dios, aunque nunca ha sido un gran aliciente a la hora de escribir, asĆ que siempre lo he ido dejando para otro dĆa. Hoy he tenido la suerte de tener suficiente inspiración como para ocupar un pequeƱo comentario en un foro que frecuento, y visto que ha salido algo con suficiente decencia, he decidido retransmitirlo a mi pequeƱo rincón:
¡Epa!
No voy a explayarme porque estoy desde el móvil y soy demasiado vago, pero tambiĆ©n me aburro lo suficiente como para perder el tiempo aquĆ, asĆ que allĆ” voy.
No voy a explayarme porque estoy desde el móvil y soy demasiado vago, pero tambiĆ©n me aburro lo suficiente como para perder el tiempo aquĆ, asĆ que allĆ” voy.
Me gusta el tema de Dios. Es un tema que me agrada y en cierto modo me me molesta, aunque lo trato con gusto y comodidad. Le he dedicado muchas de las horas de mi vida a Dios y quƩ decir, me he pasado la vida tratando de entender quƩ es.
Ante la duda, y como nihilista que soy, no sólo no creo en Dios, sino que soy ateo practicante y combatiente. Ni me gustan los cielos ni me gustan los creyentes, asĆ de claro. Ahora vendrĆ” el que diga que lo he mamado, pero he recibido la primera comunión, con mucha fe, pues fui muy creyente, y he leĆdo parte de la biblia. Una infancia bastante dura me llevó a aferrarme a la esperanza de que si Dios hubiese hecho el mundo no permitirĆa el sufrimiento, dejĆ© de creer por aquel entonces, creo que tras la primera vez que intentĆ© suicidarme.
Mi ira a lo que es y representa no se basa en mi experiencia personal, sino en mi anĆ”lisis histórico y filosófico de lo que es y ha dejado de ser Dios en la historia. Para conocer algo hay que llegar a su origen, y allĆ fuĆ a parar, a Platón. Platón siempre defendió que todo lo de este mundo era molde de una idea, perteneciente a la vez a un mundo superior, eterno e inmutable, el mundo de las ideas. Las personas no eran, y son, mĆ”s que la representación imperfecta de lo que es una persona. Las sillas son representaciones de la idea de la silla, los caballos de la de los caballos... La belleza, como representación de la idea de aquello que imaginamos cuando es bello, pues si no tuviĆ©semos una idea de la que parte de belleza, no podrĆamos concebir nada como mĆ”s bello de lo que conocemos y percibimos. ¿Y dónde iban a parar esas ideas? A la idea de la que surgen las ideas, a la idea que las contenĆa todas y estaba ahĆ desde el principio como representante de la eternidad y la perfección, lo mĆ”s bello, lo mĆ”s sabio, lo mĆ”s puro... Lo que terminó llamĆ”ndose Dios.
El cielo, a su vez, nada mĆ”s que la interpretación de ese mundo de las ideas, de ese espacio del que parten las almas y al que se dirigen y donde son eternas y pueden beber de la ambrosĆa de la perfección y la felicidad en su valor absoluto. ¿Y dónde estĆ” el problema? Que al concebir la vida póstuma como mejor, se pasó a considerar este mundo como etapa, como paso, como tragedia que hay que soportar. Y mirando mĆ”s allĆ” de la vida la gente se olvidó de vivir... El pecado, el instinto, la ira, lo humano... El cuerpo era tan solo la cĆ”rcel de la pureza. Una representación banal.
A Dios se le fue dando forma, y no hablo de que Dios surgiese de Platón, sino que Platón describió sin saberlo el origen de Dios, aunque partĆan del mismo concepto, de la misma convicción. Lo que conocemos no es perfecto, y algo debe serlo. ¿Y quiĆ©n le dio forma? Quien tuvo el poder y supo usarlo. El hombre. Y digo hombre y no humano porque fue el hombre y no el humano quiĆ©n hizo a Dios, quien creó la divinidad a su imagen y semejanza. Le pusieron las caracterĆsticas masculinas de aquel que mandaba, y si hubiesen mandado las mujeres, Dios serĆa mujer, y si hubiesen mandado las vacas, que no os engaƱen, Dios tendrĆa ubres. Pero fue el hombre y asĆ fue, Dios fue el hombre mĆ”s sabio, mĆ”s bello, mĆ”s puro y mĆ”s poderoso.
La formación es obvia ahora, pero, ¿cómo hurgó un concepto de tal calibre en la vida de la gente hasta formar parte y principio de ella? Hurgó en su moral. Hurgó en la mentalidad de la gente, en su debilidad, y lo sigo sin tapujos ni problema, aquel que cree es porque es dĆ©bil y decadente, incapaz. Las personas se pueden medir en su voluntad de poder, en función de su capacidad de imponerse, de su fijación natural por ser amos o esclavos. Y no hablo de un nivel económico o social, hablo de la misma moral, hablo de que hay gente que es capaz de gritar, quejarse, luchar; sean obreros que luchan por su dignidad y no sus amos económicamente hablando; y gente que es incapaz de vivir sin ser presa, sin sentirse sometida del dinero o de un superior. ¿Y quiĆ©n quiere estar preso? Demasiada gente, la libertad es una carga, una constante y empinada colina cuesta arriba que se vuelve cómoda y sencilla cuando hay otro que decide por ti, que grita por ti, que se impone cuando tu no quieres levantarte e imponerte, porque no quieres. La naturaleza nos enseƱa que cuando un gusano teme ser pisado, se enrosca para ocupar menos espacio y afrontar menos riesgos. Los humanos lo llamamos humildad, servidumbre. La tranquilidad de callar, la paz interior de aguantar y tolerar.
¿Y quĆ© ocurrió, en ese avance? Que cuando los dĆ©biles dejaron de tener cadenas de hierro, empezaron a sentir demasiado grĆ”ciles sus pasos, demasiado peligrosos, demasiado atrevidos, y decidieron someterse de nuevo a las paredes invisibles, a las obligaciones que ellos mismos inventaron para tener, de nuevo, un SeƱor. DĆ©biles que fueron ganando escaƱos, obteniendo poder, degradando la historia e imponiendo como justo lo que consideraban justo, como verdad lo que consideraban verdad. Sin preguntar ni preguntarse. Por imposición.
Y asà los que eran débiles obtuvieron el poder, y asà se crearon religiones y gobiernos donde nunca hicieron falta, trayendo paz y democracia con muerte e imposición. Ningún respeto al misionero, ningún respeto al cruzado, ningún respeto al militar. La justicia y la verdad no son hechos definidos, y tal vez no todos quieran jugar bajo las mismas reglas.
Pero hablamos de Dios y no de sus consecuencias, y analizando a Dios, entendĆ rĆ”pidamente que pese a que la concepción occidental del tĆ©rmino sĆ que pertenecĆa al estudio de la existencia y la realidad por parte de Platón, no era este el origen de la idea, sino que era, obviamente, mucho anterior. La fantasĆa siempre surte del miedo, y el miedo del desconocimiento, ¿y quĆ© desconocĆa tanto el hombre como para osar darle tal tĆtulo? Estuve pensĆ”ndolo durante mucho tiempo, incluso aƱos, hasta llegar a la conclusión de que lo mejor era basarse en las propiedades bĆ”sicas, en la idea, en el molde, de lo que es Dios. El ser que creó el mundo, que estuvo en su origen y que existĆa cuando aĆŗn no habĆa nada, el que crea la vida y el que trae la muerte, el que es capaz de verlo todo y a la vez de hacerlo todo, el que estĆ” en todos los lugares a la vez ... Y quĆ© sencilla fue la respuesta cuando la vi y que sencilla la veo ahora en el despertador de mi mesita. A lo que el ser humano temĆa tanto, fue al paso del tiempo. Y ese es el origen del concepto, de la idea y de la carga que le ha tocado soportar al ignorante del ser humano, capaz de creerse sus propias mentiras.
No le debo nada bueno a Dios ni se lo debe nadie, aunque si algĆŗn dĆa lo veo, no dudĆ©is, le debo demasiado dolor como para no querer matarle. Y asĆ sea.
Buenas noches.
