Sobre la mesa del fondo

28.5.15 0 Comentarios A+ a-

-¿Si pudieses elegir una persona con la que pelear ahora mismo, viva o muerta, a quiĆ©n elegirĆ­as?

-No me gusta pelear.

-Tragedia.

-Estoy en la cama a punto de dejar el móvil y acostarme, algo cachonda. Ahora mismo follaría, un poco salvajemente si te sirve.

-Te imagino mirando hacia arriba en la cama, tranquila, y a mĆ­ entrando en tu habitación y sentĆ”ndome sobre tu cintura, sin apoyarme. Mi pecho contra tu pecho, mi cara recorriendo tu pelo, oliĆ©ndolo, bajando poco a poco, respirĆ”ndote en el cuello, haciĆ©ndote notar lo dura que la tengo encima de tus bragas, aĆŗn por quitar. 

Te comerĆ­a las tetas, posiblemente: lamerĆ­a tu cuello y bajarĆ­a, me molestarĆ­a la camiseta, la lanzarĆ­a -el sujetador es cosa tuya, como siempre-  y llegarĆ­a a los pechos, -tĆ©cnicamente sólo a uno, el izquierdo, mientras acariciarĆ­a tu pezón derecho con mi respectiva mano-, me arquearĆ­a sobre ti y te bajarĆ­a la mano al coƱo. Y volverĆ­a a hacer notar mi polla. Cachondos los dos, sin pensar en nada; y sin embargo libres, animales por unos instantes.

Bajaría la cabeza oliendo poco a poco, con los ojos cerrados, acercÔndome a tu olor mÔs íntimo. Somos animales, y no hay forma mÔs animal de poseer a una persona que olerla. Te bajaría las bragas, fuerte, de un tirón; te pasaría la lengua sutil y sin pausa, un par de pasadas; me bajarías los pantalones a medio poner y pararías por el jodido botón del tejano mientras yo seguiría cautivo en tus pechos, en su textura lisa y su agarre perfecto, sin ser esponjoso ni excesivamente duro.

Dentro. Con fuerza. "Oh" -dirĆ­a el primer gemido- ¿Demasiado fuerte? No hay fuerza. No la hay. Somos. Hacia delante y hacia atrĆ”s asĆ­ncronamente. No hay que caer en la rutina, en ningĆŗn lado. Y menos en el sexo. 

Y seguirĆ­a, seguirĆ­as, seguirĆ­amos. Ah, nos encanta. GirarĆ­as para ponerte a cuatro patas sobre el mueble del fondo. Te cogerĆ­a por la cintura, apretando, haciĆ©ndote daƱo sin que me importase hacerte daƱo, sin que te importase que no me importase -somos animales preservando la especie, sólo eso, y nos encanta dejar de ser humanos- lo harĆ­amos fuerte. 

Dejarías de apoyarte con las manos sobre el escritorio rendida de placer sobre ella, donde tus pechos aplastados encajarían el movimiento de vaivén de mi cintura durante cinco, diez, veinte minutos hasta correrme. Y gemirías. No es tu primer orgasmo, aunque ya en tu sospecha que no iba ser el último que tendrías conmigo, y simplemente nos rendiríamos. Caídos sobre la mesa.

Te abrazazarĆ­a por la espalda y volverĆ­a a sentir tu pecho. Y tĆŗ volverĆ­as a sentir mi polla. La noche es larga y tĆŗ aĆŗn no has estado encima.

-¿QuĆ© coƱo se contesta a todo eso?

-Gandhi, yo supongo que me pelearĆ­a con Gandhi.