Querida Anne

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Martes, 8 de Diciembre de 2015

Querida Anne:

Hoy me he despertado con el peso de tu muerte,
el alma cargada y una vaga pero constante respiración forzada,
de la que cada suspiro quería ser ayuda en busca de tu pobre piel.

No he dormido mal, no, la noche es larga,
y no suele preocuparme la desgracia ajena,
ni los muertos propios, con o sin nombre,
pero por alguna razón tú... llámame hipócrita,
contigo no moristé tú, murió un mundo y parte de él,
tu mente abierta, tu corazón dispuesto, tu carácter fuerte y tenaz,
yo amo las mentes así, el Sol las necesita,
y a la certeza de que mi mente desgastada me restriegue tal fe,
hoy tengo fe en los niños, no en los hombres ni mujeres,
sino en cada puro corazón que aún no ha llegado a ser como debe ser,
pues si eres bella es por ser tú, y desconozco tu mirada,
y es que el dolor hace crecer más allá de los años,
siempre niña y siempre eterna, capaz de retratar el mundo,
tus palabras suenan hoy a esperanza de que algún día cambie,
yo, el mundo, nuestros corazones, tal vez,
o tal vez no, nuestros corazones adultos y descompuestos
viven llenos de rabia y desesperación por el ser humano,
pero en los ojos de alguien que mira a las cenizas y es capaz de ver color,
en los ojos de la inocencia y la pureza,
pues el animal es bueno por naturaleza,
-y perdóneme mi causa por tanta contradicción,
mas yo también soy dos: carcasa y alma-
en la mirada de quien ve curiosidad y va con amistad
hacia lo que queda por conocer, sin duda alguna ni arrepentimiento,
yo... yo veo el mañana. Y creo en él.

Y tal vez cambie ahora mi misantropía existencial por un ligero matiz,
odio al adulto y todo lo que toca, odio a su absurdo yo, yo y yo,
y perdónenme todos aquellos que aún respeto, que son,
mas tengo una nimia conclusión, una vaga esperanza,
de que el hombre sólo es bueno si queda parte de su niño puro en él,
y así igual la mujer, en proporción exacta,
y el tiempo y la adversidad me depare a mí las travesías que vengan,
mas si puedo pedir y elegir algo, defender de mi vida alguna cosa,
que nunca muera el niño que hay dentro de mí,
que nunca muera la Anne Frank que hay dentro de todos,
no por el pueblo judío, sino por la inocencia de la vida.

Gracias de nuevo por la enseñanza, Anne,
hay gritos que ni la muerte es capaz de silenciar,
y a falta de ser largo y pesado, por si esta carta llega donde estés,
quiero decirte vagamente lo de ayer, sin duda alguna:

Te sigo queriendo.