La vi mirarme a los ojos

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Eran las cuatro de la maƱana de aquel dƭa que no olvido. O no quiero olvidar. O no puedo. Salƭa del bar de siempre, en la esquina de siempre, mƔs tarde que nunca. Salƭa de ahogar penas en vasos de tubo, salƭa de llorar, de gritar, de maldecir lo triste de mi vida. Salƭa borracho, cansado, harto de toda esa escoria que se hacƭa llamar amigo para cobrarte el ron al final de la noche.

Intentaba evadirme en el camino a casa, a pie y sin tabaco, y con una estrella dentro de cada farola que se adentraba en mi crÔneo y me causaba un profundo dolor de cabeza. Anduve un rato sordo, un rato eterno, que se volvió presente con una negación que rompía el silencio. Una, y otra, y otra. Cada vez mÔs cercanas, mÔs intensas, mÔs dolorosas, mÔs cargadas de un extraño llanto y de una voz mÔs grave que exigía silencio y lo adornaba con insultos.

MÔs y mÔs cerca, ya estaba a unos metros, ya estaba a mi lado. La ilusión se convirtió en realidad, la realidad en pesadilla y la voz grave en una espalda ancha que empujaba al suelo a una joven y blanca mujer. Ella gritaba, lloraba, suplicaba un mínimo de compasión. Pedía ayuda a alguien valiente, a alguien heróico, a alguien que, por causa del instante o de la bebida, no era yo. Pero no podía irme, no podía actuar, sólo lo vi, la vi llorar y desear la muerte. La vi sufrir, morir para el resto de su vida, la vi violada por una bestia con cuerpo de hombre. La vi gritando socorro, pidiendo auxilio antes de quedar insconsiente. La vi mirarme a los ojos.