La construcción de un nuevo mundo
Leningrado, 12 de Marzo de 1943.
Otra
vez soñando, supongo. Tras tantos días sin dormir pierdes la
capacidad de distinguir entre la realidad y las alucinaciones; la
capacidad de recordar o de avanzar: las ganas de seguir viviendo.
Ya
son dieciocho los meses que resistimos sin que nos llegue comida.
La gran mayoría de civiles ha muerto o ha abandonado la ciudad y
sólo quedamos los soldados, helados y hambrientos. Los últimos
caballos están acabándose y las ratas, aunque pasables en lo que a
gusto refiere, producen náuseas y vómitos.
Por
mi parte se puede decir que he tenido suerte: encontré un trozo de
pan en una casa abandonada y llevo varios días racionándomelo. Lo
escondo bajo el casco para que no me lo roben, aunque eso me impide
dormir: las ratas arañan mi cara olfateando comida. La noche en velo
y los días en las trincheras al son de las trompetas de los Stuka
empiezan a ser claros sinónimos de que no volveré a ver a mi
familia. Maldita sea.
¿Por
qué empezó esta guerra? ¿Por qué empieza cualquier guerra?
¿Defendemos personas e ideales o intereses económicos? No lo sé.
Tampoco quiero saberlo. Aún así, entre las que puede que sean mis
últimas lágrimas, tan escasas ya como la grasa sobre mis costillas,
imagino un mundo idílico y poético; un mundo lleno de paz y
comprensión donde todos se respeten, donde nadie tenga hambre y
donde nadie mate a nadie por miedo a morir. Un mundo utópico, dirán,
porque aún no existe. Un mundo por el que valga la pena luchar.
(Basado en hechos reales)
